aforismes interins

dimarts, 2 de febrer de 2010

La libertad de estar encerrado

El hombre no conforme consigo mismo repasa el diario que llevó el año pasado y que esconde siempre en su gabán. Se da cuenta de que lo escribió todo en esa lengua rara y minoritaria que usa la tripulación para hablar de sus cosas. Atónito, se rasca la cabeza. «No lo entiendo», se dice, «pero reconozco esa tristeza, esa cólera, ese amor que se pudre, la angustia y la autocompasión. Ese soy yo, sin duda.»

No obtiene diversión leyendo ese diario. Sólo ha sonreído con la entrada del diez de junio. Es la anotación más corta y, sin embargo, la más elocuente y exacta. Las mujeres que cree haber amado y las mujeres que se ha tirado durante el año no coinciden. Entonces se queda quieto, petrificado. El hombre no conforme consigo mismo concluye entonces que no ama. Se queda sin recursos, sin habla. Está a punto de llegar a una conclusión más definitiva y triste, pero se distrae cuando nota que su estómago borbotea, primero con timidez, luego impetuosamente, al ritmo de este himno supremo:




Se levanta entonces de sus aposentos, bailando ante la catástrofe inminente, y empieza a rujiar de vómitos el suelo de chapa metálica de la bodega, a vomitar con furor, con una espléndida rabia inmisericorde. También se tira unos cuantos pedos líquidos. «¡Oh, oh, dios, cuánta catarsis cabe en mi interior!» (y se ríe a carcajadas postrado en el charco de heces nauseabundas).

Se siente vivo durante un rato. Sin amar. Nadie está contento con lo que tiene, al fin y al cabo.


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